Viaje por el sur de Brasil · Etapa 2 de 5
18 de septiembre
Serra Gaúcha: la niebla

Por Mara Dern · 3 min de lectura

El auto lo alquilamos en Livramento, con devolución en Porto Alegre, y nos esperaban casi seiscientos kilómetros hacia el noreste. Durante horas la ruta fue recta y amarilla; después empezó a torcerse, a subir, y cuando cayó la noche entramos en la sierra. Curvas sobre curvas, y de golpe la niebla.
Sebas manejaba inclinado sobre el volante, como si así pudiera ver más. Yo llevaba la ventanilla un poco baja porque me mareaba.
—Cerrala, que hace frío.
—Me mareo.
Paró en la banquina, se sacó la campera y me la tiró encima sin decir palabra. Olía a él. No me la saqué en lo que quedaba de viaje.
Un poco de Italia
A la mañana la niebla seguía allí, colgada de los cerros como ropa tendida. Abajo, viñedos en pendientes que darían vértigo a una cabra; arriba, casas de piedra con techos rojos. Parecía otro país. Parecía Italia.
—Es que es un poco Italia —dijo Sebas.
A fines del siglo XIX llegaron a estas sierras miles de campesinos del norte de Italia. El Imperio les dio tierras que nadie quería: empinadas, húmedas, cubiertas de monte. Hicieron lo único que sabían hacer.
—Plantar uva —dije.
—Plantar uva, hacer vino y rezar para que no lloviera en la vendimia. Acá llueve mucho. La uva madura con la humedad encima. Es la gran pelea de la Serra.
—¿Y por qué se quedaron?
—Porque uno no siempre elige dónde quedarse. Elige qué hacer con lo que le toca.
Pensé en eso más de lo que hubiera querido.
Un Merlot en un banco
La posada estaba entre viñedos y ese día no tocamos el auto. En el almacén de la esquina compramos queso, pan, salame y una botella de Merlot. La señora del mostrador nos prestó un sacacorchos y dos vasos, y nos habló en una lengua extraña, un portugués cruzado de italiano antiguo.
—Es talian —me susurró Sebas al oído—. El dialecto de los abuelos. Todavía se habla.
No hacía falta que me lo dijera tan cerca. Tampoco me aparté.
Almorzamos en un banco frente a las hileras. El Merlot era suave, de fruta roja y algo de hierba, nada pesado.
—No se parece al Tannat de la Campanha —dije.
—Otro clima. Allá abajo hay sol y viento; acá, altura y niebla. Los vinos de la Serra son más frescos, más delicados.
—Más tímidos.
—Al principio. —Me sirvió un poco más—. Dales tiempo.
Me contó que la Serra tiene varias Indicaciones Geográficas: Vale dos Vinhedos, Altos Montes, Pinto Bandeira, Monte Belo, Farroupilha. Cada una con su carácter, como los hijos de una familia numerosa.
—¿Las vamos a ver todas?
—Las que nos den las piernas.
—Las mías aguantan.
—Ya veremos.
A la tarde caminamos entre las vides. El suelo era barro. Resbalé una vez y me sostuvo del codo; después, en cada bajada, me ofrecía la mano antes de que la necesitara. Yo la tomaba igual.
Ciento cincuenta años
En una bodega familiar nos atendió un viejo de manos enormes. Nos sirvió un Cabernet Franc del barril en vasos de vidrio grueso y nos contó, en ese idioma de dos orillas, que su bisabuelo había plantado la primera vid de la ladera con estacas traídas en el barco.
—Cento e cinquenta anos —dijo, y golpeó la mesa con la palma.
Brindamos los tres sin saber del todo qué celebrábamos. Quizás eso: que alguien hubiera llegado a un lugar imposible y no se hubiera ido.
Un Merlot de montaña no sabe como uno de llanura, y empiezo a sospechar por qué: el de acá tiene algo de terquedad. Y la terquedad, a veces, es otra forma de la ternura.
Volvimos a la posada con la niebla bajando otra vez. En el pasillo, frente a su puerta, le devolví la campera.
—Quedatela. Mañana va a hacer frío.
En mi cuarto la colgué en la silla. No en el placard. En la silla, donde pudiera verla.