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Viaje por el sur de Brasil · Etapa 1 de 5

17 de septiembre

Campanha Gaúcha: una calle, dos países

Mara Dern

Por Mara Dern · 3 min de lectura

Campanha Gaúcha: una calle, dos países

En Rivera la frontera no es un río ni una montaña: es un cantero con pasto en medio de una avenida. De un lado se habla castellano y del otro portugués, y los perros cruzan sin papeles. Llegamos de noche, después de seis horas de micro desde Montevideo, y caminamos hasta un hotel del lado brasileño arrastrando las valijas por encima de una línea que nadie ve.

—Ya estás en Brasil —dijo Sebas cuando pisé el cordón de enfrente.

No se le notó, pero me pareció que había estado esperando para decirlo.

Conviene decir dos cosas desde el principio. La primera: no soy sommelier. Viajo con la nariz de una aficionada y la libreta de una cronista; lo demás lo aprendo en el camino. La segunda: Sebas no es mi pareja. Lo conocí hace un año en una cata en Buenos Aires: había recorrido medio mundo con una mochila y una libreta llena de etiquetas, y yo tenía un blog y muchas preguntas. El viaje fue idea mía. Que viniera él, también. En la recepción pedimos dos habitaciones, y la empleada nos miró como se mira una cuenta que no cierra.

El Trem do Pampa

A la mañana siguiente tomamos un taxi hasta Palomas, en las afueras de Santana do Livramento. Lomas suaves, alambrados, vacas quietas, un cielo que no terminaba nunca. Hace dos siglos el naturalista francés Auguste de Saint-Hilaire recorrió estos campos gaúchos a caballo, anotando plantas y costumbres. No creo que haya anotado viñas: no las había.

—Esto no tiene cara de zona de vinos —dije.

—Por eso nadie la conoce. Todos piensan en la Serra. Pero el vino fino del sur de Brasil empezó a tomarse en serio acá abajo.

Me contó que en 1973 una empresa norteamericana, Almadén, plantó la primera bodega de Livramento. Buscaban sol, viento y suelo pobre. Lo encontraron.

De Palomas sale el Trem do Pampa, un tren viejo que atraviesa los viñedos de Almadén, se detiene en la bodega y termina en la estación de Livramento. Viajamos frente a frente, con la ventanilla abierta y olor a pasto. En cada curva se nos rozaban las rodillas. Ninguno de los dos se acomodó.

—¿Qué se toma acá? —pregunté.

—Tannat, Cabernet, algo de Merlot. Lo mismo que en Uruguay, pero con otro pasaporte.

Desde 2020, me explicó, la región tiene Indicación de Procedencia: la uva tiene que nacer, crecer y volverse vino dentro de la Campanha.

—Como un documento de identidad.

—Uno que costó ganarse.

Un Tannat que aprieta

En la parada de la bodega nos sirvieron un Tannat oscuro, casi negro. Me apretó la boca entera.

—Es duro —dije.

—Es joven. Tiene que aflojar.

—¿Y cuánto tarda?

—Depende de quién lo acompañe.

Lo dijo mirando la copa, no a mí.

Pedimos una picada de queso, salame y pan casero. Con la grasa, el Tannat se volvió más amable, como esos hombres de campo que no hablan hasta la segunda vuelta. A la tarde se levantó el viento, ese viento de pampa que no pide permiso. Sebas dijo que gracias a él las uvas de acá son sanas: las seca, no deja que se enfermen. Todo, con Sebas, tiene una explicación. Casi todo.

Ida y vuelta

El tren nos devolvió a Livramento con el sol bajo. Antes de cenar cruzamos el cantero hacia Rivera para comprar algo en un free shop. Fuimos y volvimos dos veces. La segunda, sin comprar nada.

—¿Por qué cruzamos tanto? —le pregunté.

—Porque se puede.

Con los ojos cerrados no distinguiría un Tannat de la Campanha de uno de Canelones. Pero esta tierra se parece a la mía, y su vino es como su gente: callado al principio, y después no.

Mañana subimos a la Serra. Sebas ya se fue a su cuarto. Yo me quedo un rato en el balcón, mirando esa avenida donde un país termina sin ceremonia y empieza el otro.

Desde acá parece tan fácil cruzar.

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