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Viaje por el sur de Brasil · Etapa 3 de 5

19 de septiembre

Caxias do Sul: la ciudad que se come uvas

Mara Dern

Por Mara Dern · 3 min de lectura

Caxias do Sul: la ciudad que se come uvas

Caxias do Sul no es el pueblo de postal que uno imagina. Es una ciudad grande y trabajadora, de fábricas, avenidas y camiones que bajan la sierra cargados. Pero debajo del ruido sigue latiendo la colonia.

—No es lo que me imaginaba —le dije a Sebas.

—Nada de este viaje es lo que te imaginabas.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Decímelo al final.

La colonia nació en 1875 con familias del Véneto, de Lombardía, del Tirol. Llegaban endeudadas, con un lote de monte asignado que debían pagar en pocos años. Lo pagaron como se pagaba todo entonces: trabajando de sol a sol. Y con uva.

La réplica de 1885

En el Parque de la Festa da Uva hay una réplica de cómo era Caxias en 1885: calles de tierra, casas de madera, una iglesia mínima, un almacén. Entramos en una de las casas. Techo bajo, una sola pieza, cocina a leña, una mesa, una cama angosta.

—Acá vivía una familia entera —dijo Sebas.

—No entran dos personas.

—Entran, si se quieren.

Lo dijo con el tono de quien recita un dato histórico. Salí primero, porque adentro hacía calor. Afuera hacía doce grados. Solo por eso.

Afuera me explicó la fiesta. La Festa Nacional da Uva se celebra desde 1931, cada dos años: regalan toneladas de uva, hay desfiles de carros alegóricos, polenta para miles y una reina.

—¿Una reina?

—En cada fiesta eligen una. Chicas de familias de la colonia.

—¿Y vos qué hacías mirando reinas?

—Viajaba. Hace mucho.

—¿Cuánto es mucho?

—Antes de conocerte.

Me di vuelta hacia una vitrina. No había nada interesante en la vitrina.

La jarra y la copa

Almorzamos en una cantina de ruta, de manteles a cuadros y fotos de abuelos severos en las paredes. Sopa de capeletti, polenta frita, pollo con radicci. Sin que la pidiéramos llegó una jarra de vino de la casa: tinto liviano, con olor a uva recién cortada y un dejo dulce.

—Se parece al de Misiones —dije.

—Muy bien. —Sebas levantó las cejas—. Es uva americana, Isabel seguramente. Durante décadas fue la uva de la colonia: resistente, fácil, aguanta la humedad.

—¿Y es buen vino?

—Es vino de mesa. De la mesa de la nona. No se le pide más.

—A mí me gusta.

—Te gustan las cosas simples.

—Me gustan las cosas sinceras. No es lo mismo.

Se quedó mirándome con el vaso en la mano. Iba a pedir otra jarra, se acordó de que manejaba y pidió agua.

La dueña se acercó a conversar. Quiso saber de dónde éramos, cuánto llevábamos de viaje y si estábamos casados.

—No —dije yo.

—Todavía no —dijo él, casi al mismo tiempo.

La señora se rió, dijo algo en talian y se fue a la cocina.

—¿Qué dijo?

—Que el vino ayuda.

—¿A qué?

—No lo aclaró.

A la tarde visitamos una bodega moderna en las afueras, de las que mandan muestras a los concursos. Yo probé un Merlot criado en barrica; Sebas apenas mojó los labios. Era otro mundo: oscuro, serio, con chocolate y especias.

—En Caxias conviven las dos cosas —dijo—. El vino de la colonia y el vino de concurso. La jarra y la copa.

—¿Y cuál preferís?

—Depende con quién.

Ese Merlot tendrá sus medallas; la jarra de la cantina, en cambio, me devolvió a mi casa. Una ciudad de camiones todavía guarda, en algún rincón, una mesa de nona con vino dulce.

A la noche dejamos el auto en el hotel y salimos a caminar por el centro. Él, con las manos en los bolsillos; yo, con su campera puesta. Nos despedimos en el pasillo. Esperé a que cerrara su puerta.

—Todavía no —dije en voz baja.

No sé si me escuchó.

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