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Viaje por el sur de Brasil · Etapa 4 de 5

20 de septiembre

Bento Gonçalves: casas de piedra

Mara Dern

Por Mara Dern · 3 min de lectura

Bento Gonçalves: casas de piedra

A Bento Gonçalves se entra por debajo de un barril. El pórtico de la ciudad tiene forma de pipa de vino, enorme, plantada sobre la ruta, y es a la vez monumento y declaración de principios.

—Pará, quiero una foto.

—Es un adorno para turistas —dijo Sebas, sin bajar la ventanilla.

—Es un barril. Y yo soy turista.

Frenó. Me sacó la foto. Después me pidió que le sacara una a él. Después le pidió a un señor que pasaba que nos sacara una a los dos. En esa salimos riéndonos de algo que ya no recuerdo, y es la única del viaje en la que estamos juntos.

Los Caminhos de Pedra

La mañana la pasamos en los Caminhos de Pedra, un recorrido rural de unos doce kilómetros entre casas de los primeros inmigrantes: piedra abajo, madera arriba, como si sus constructores hubieran querido dejar claro qué parte era para siempre y qué parte para vivir. Algunas siguen siendo casas de familia; otras son cantinas, talleres, almacenes.

Entramos en una donde una señora amasaba pasta sobre una mesa larga, con harina hasta los codos.

—¿Querem experimentar?

Sebas se arremangó primero. Yo después, con las mangas de su campera subidas hasta el codo. La señora nos puso uno junto al otro, frente a la misma masa.

—Juntos —dijo—. A massa se faz a dois.

No sé si era una regla de cocina o un consejo. Amasamos. Las manos se encontraron varias veces en la harina. Ninguno pidió disculpas. Nos llevamos un paquete de tagliatelle torcidos, feísimos, hechos por nosotros. No pienso tirarlos.

El Vale dos Vinhedos

A la tarde bajamos al Vale dos Vinhedos: colinas enteras de viñas, bodegas grandes y chicas, restaurantes entre las hileras.

—Es el valle más famoso de Brasil —dijo Sebas—. Fue la primera zona del país con Indicación Geográfica, en 2002, y diez años después la primera con Denominación de Origen.

—¿Cuál es la diferencia?

—La Denominación es más exigente: no solo dice de dónde viene la uva, sino cómo tiene que ser el vino. Los tintos de la DO llevan por lo menos sesenta por ciento de Merlot.

—Yo creía que el Merlot era el vino aburrido.

—En Hollywood, quizás. Acá es la estrella.

Nos sentamos en el deck de una bodega familiar. Nos sirvieron un tinto del valle, Merlot con algo de Cabernet: oscuro, ciruela, un fondo de café, taninos de terciopelo. Sebas, que manejaba, hizo durar una sola copa toda la tarde.

—No es aburrido —admití.

—Te lo dije.

—Odio cuando tenés razón.

—Por eso no lo digo seguido.

—Lo decís todo el tiempo.

—Lo pienso todo el tiempo. Lo digo a veces.

Abajo, unos ciclistas pasaban por la ciclovía entre las viñas. El sol se ponía naranja sobre los cerros, y el valle entero parecía una copa inclinada hacia la luz.

Sebas sacó del bolsillo dos papelitos y los dejó sobre la mesa.

—Pasajes. Mañana vamos a Garibaldi en la Maria Fumaça.

—¿La qué?

—Un tren a vapor. Veintitrés kilómetros con música italiana a bordo. Sale de Bento, pasa por Garibaldi y termina en Carlos Barbosa. Nosotros nos bajamos en Garibaldi.

—¿Y qué hay en Garibaldi?

—Burbujas.

No explicó más. Le gusta dejarme con la pregunta.

Cenamos galeto con polenta en un salón enorme lleno de familias ruidosas. Comimos poco y hablamos mucho, y en algún momento me di cuenta de que hacía horas que ninguno de los dos miraba el celular.

Acá los vinos tienen apellido italiano y paisaje brasileño, y el Merlot, que en otras partes hace de actor de reparto, es el protagonista. De todo lo que aprendí ese día, me quedo con lo más simple: la masa se hace de a dos.

En mi cuarto encontré harina seca en el puño de su campera.

No la limpié.

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