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Viaje por el sur de Brasil · Etapa 5 de 5

21 de septiembre

Garibaldi: burbujas

Mara Dern

Por Mara Dern · 3 min de lectura

Garibaldi: burbujas

La Maria Fumaça salió de la estación de Bento con un silbido que me hizo saltar en el asiento. Sebas se rió; yo le pegué en el brazo.

Es un tren viejo, de madera, con ventanillas que se abren sobre los viñedos. Humo blanco, olor a carbón, el traqueteo de otro siglo. Al rato subieron músicos con acordeón y empezaron a tocar canciones italianas que todo el vagón sabía de memoria, menos nosotros. Algunos se pararon a bailar en el pasillo.

—Vamos —dijo Sebas, y me tendió la mano.

—No sé bailar esto.

—Nadie sabe. Por eso es divertido.

Bailamos mal, muy mal. El tren se sacudía, yo trastabillaba y él me sostenía de la cintura para que no me cayera. Una vez. Dos. A la tercera ya no estoy segura de que me estuviera cayendo.

Cuando terminó la canción volvimos al asiento sin aire. No me soltó la mano enseguida. Yo tampoco hice nada para que la soltara.

La capital del espumante

Garibaldi es un pueblo prolijo, de casas antiguas y una estación de postal, con botellas en las vidrieras, en los carteles y hasta en los faroles.

—Bienvenida a la capital del espumante.

—¿Por qué acá?

—Porque acá empezó todo. En 1913, un inmigrante, Manoel Peterlongo, elaboró el primer espumante de Brasil con el método tradicional, el de Champagne: segunda fermentación en la botella. Ganó medalla de oro en la primera exposición de uvas del pueblo. Le salió tan bien que, décadas después, la Justicia brasileña dejó a la bodega seguir escribiendo "champanha" en la etiqueta. Son los únicos en el país.

—¿Y los franceses no se enojaron?

—Los franceses siempre se enojan.

La ciudad, me contó, fue la primera colonia italiana de la Serra, fundada en 1875 con el nombre de Conde d'Eu. Después la rebautizaron en honor a Giuseppe Garibaldi, el italiano que peleó en la Revolución Farroupilha.

—¿Estuvo acá?

—Nunca.

—Qué romántico.

—Los italianos son así. Se enamoran de alguien que nunca pisó el lugar.

Un cuarto de vuelta por día

La bodega Peterlongo parece un pequeño castillo francés plantado en la sierra. Abajo hay túneles frescos y botellas cabeza abajo en pupitres de madera. Un guía nos explicó que las giran de a poco, todos los días, para que el sedimento baje al cuello.

—Un cuarto de vuelta por día —dijo—. Con paciencia.

Sebas me miró. No dijo nada. No hacía falta.

En la degustación probamos tres: un brut seco, de manzana verde y pan tostado; un rosado más frutal; y un moscatel dulce, perfumado, de burbuja finísima.

—¿Cuál te gusta?

—El moscatel.

—Sabía. Es el más alegre y el menos serio.

—¿Me estás diciendo poco seria?

—Te estoy diciendo alegre.

El mirador

Al atardecer subimos a un mirador. Abajo, el pueblo; más allá, los cerros con viñas, todo dorado. Sebas había comprado un brut en la bodega, y con la botella le habían dado dos copas de plástico. La abrió con cuidado, sin que saltara el corcho: apenas un suspiro.

—Así se abre un espumante. Sin ruido. Como un secreto.

Las burbujas subían en fila, sin apuro.

—¿Por qué brindamos?

Miró los cerros, la botella, a mí.

—Por todo lo que todavía no.

Chocamos las copas. El plástico no hizo ruido.

Llegué a Brasil sin ser sommelier y me vuelvo igual: todavía no distinguiría con los ojos cerrados un espumante de método tradicional de uno charmat. Pero ahora sé que hay cosas que se hacen de a un cuarto de vuelta por día y que, cuando se abren bien, casi no hacen ruido.

Volvimos a Bento en taxi, ya de noche. Mañana manejamos hasta Porto Alegre, devolvemos el auto y tomamos el avión a Buenos Aires. Dos asientos juntos; eso, al menos, ya está decidido.

Todavía no sé qué llevo en la valija, además de vino.

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