← Todas las historias

10 de septiembre

Uva Isabella: la cepa "prohibida" que se convirtió en tradición

Mara Dern

Por Mara Dern · 5 min de lectura

Uva Isabella: la cepa "prohibida" que se convirtió en tradición

Hay uvas que se cultivan para hacer vinos de guarda, etiquetas premiadas y catas solemnes. Y hay otras, como la Isabella, que se cultivan para hacer memoria. En Colonia Caroya la llaman frambuá, en Berisso y la Costa la conocen como uva chinche, en Brasil es la Isabel. Es una cepa que no pertenece a la familia de las uvas "nobles" del vino —la Vitis vinifera— y que sin embargo escribió una parte enorme de la historia vitivinícola argentina, especialmente en dos rincones muy distintos entre sí: las sierras cordobesas de Colonia Caroya y los montes ribereños de la Costa del Río de la Plata.

Un origen americano, casi accidental

La Isabella no nació en un laboratorio ni fue diseñada por un enólogo: apareció como un cruce natural entre la Vitis labrusca, una vid silvestre norteamericana, y variedades europeas de Vitis vinifera que los colonos habían llevado al continente. Su primer registro documentado data de 1816, en un vivero de la costa este de Estados Unidos. La leyenda más difundida cuenta que el nombre honra a Isabella Gibbs, la mujer de un vecino que difundió la variedad desde su jardín.

Lo curioso es que esta uva "menor" terminó salvando, en parte, a la vitivinicultura europea clásica. A fines del siglo XIX, la filoxera devastó los viñedos del Viejo Mundo. Las variedades americanas, entre ellas la Vitis labrusca, resultaron naturalmente resistentes a la plaga, y se usaron masivamente como portainjertos para salvar a las vides europeas. En ese contexto, la Isabella viajó a Europa entre 1820 y 1830 y se instaló también, más tarde, en regiones tan distintas como Rusia, la India, la Isla Reunión o Suiza.

Características: la uva que se reconoce con los ojos cerrados

La Isabella es una uva tinta de piel gruesa y pulpa carnosa, muy resistente al frío, a las enfermedades fúngicas y a la propia filoxera, lo que explica su enorme adaptabilidad. Su rasgo más distintivo es aromático: el llamado "sabor foxy", una nota intensa a frutilla, frambuesa y cereza que la hace inconfundible frente a cualquier vino hecho con vinifera. Con ella se elaboran vinos livianos, de baja graduación alcohólica (entre 9° y 10°), generalmente dulces o semidulces, pensados para tomar jóvenes y frescos.

Una cepa incómoda para la ley

Un dato que sorprende a quien recién se acerca a esta variedad es que, en varios países, no puede llamarse legalmente "vino" a lo que se hace con ella. En Argentina, una resolución del Instituto Nacional de Vitivinicultura de 1992 estableció que solo puede llamarse vino a los productos elaborados con Vitis vinifera, y en 2010 directamente se prohibió el ingreso de uvas no viníferas a establecimientos vitivinícolas. La medida golpeó de lleno a los productores tradicionales de Colonia Caroya y de la Costa, que durante generaciones habían vivido de esta uva. Recién en 2013, tras las gestiones de los propios productores, se logró destrabar parcialmente la situación.

Colonia Caroya: la Isabella que llegó en las valijas de los friulanos

En 1878 desembarcó en Buenos Aires un contingente de familias del Friuli, en el noreste de Italia, que terminaría fundando Colonia Caroya, en las sierras de Córdoba. Entre sus pertenencias trajeron esquejes de vid, entre ellos la Isabella, que en su región de origen se conocía como uva "fragola", y con la que allá elaboraban el fragolino.

En su nueva tierra cordobesa, esa cepa resistente se transformó rápidamente en la base del vino casero: cada familia elaboraba el suyo, y con el correr de las décadas surgió el Frambuá, un tinto dulce, frutado y liviano que hasta hoy funciona como emblema local. El quiebre llegó en los años 60, cuando comenzó un proceso de arranque masivo de viñedos de Isabella para reconvertirlos hacia variedades finas. Desde entonces, solo sobrevivieron algunas plantaciones de peso en Colonia Caroya, sostenidas por bodegas familiares que decidieron no abandonar la cepa que fundó su historia vitivinícola.

La Costa: la uva chinche entre Avellaneda, Berisso y Ensenada

Mientras en Córdoba la Isabella se afincaba en las sierras, en la ribera del Río de la Plata escribía otra historia paralela. Desde fines del siglo XIX, inmigrantes italianos, españoles y portugueses se instalaron en las tierras bajas y los montes costeros que van desde Avellaneda hasta Berisso, y encontraron en la Isabella —bautizada popularmente "uva chinche"— la única vid capaz de soportar la humedad constante y las crecidas del río. Bajo el sistema de parral, dio origen al llamado Vino de la Costa: un tinto artesanal, natural, de aroma frutado y graduación baja, elaborado íntegramente en las quintas de los propios productores.

En Berisso en particular, el vino de la costa se transformó en una seña de identidad tan fuerte como el puerto o los frigoríficos que marcaron la historia de la ciudad. La producción cayó drásticamente durante el siglo XX, reducida al consumo familiar. Pero no se apagó del todo: en 2003 un grupo de bodegueros locales fundó la Cooperativa del Vino de la Costa de Berisso para relanzar la actividad, y hoy la zona vive un pequeño renacimiento, con la Fiesta del Vino de la Costa como vidriera anual.

Una cepa, dos historias, un mismo espíritu

Lo que une a Colonia Caroya con la Costa de Berisso, más allá de los kilómetros y los paisajes tan distintos, es la manera en que la Isabella funcionó como refugio de identidad para comunidades de inmigrantes que necesitaban seguir haciendo, en tierra ajena, lo que sabían hacer en la suya: vino casero, para la mesa familiar y para compartir con los vecinos. Hoy, mientras el mundo del vino argentino mira hacia Malbec y varietales de alta gama, la Isabella sigue ahí, resistiendo con el mismo tesón con el que resistió a la filoxera hace más de un siglo.

Membresía No soy Sommelier

¿Te gustó? Mañana te llega otra historia.

Una historia por día, directo a tu mail. Es gratis y te das de baja con un clic.