← Todas las historias

11 de septiembre

Tannat en cuatro terruños: Bolivia, los Valles Calchaquíes, Uruguay y Entre Ríos

Mara Dern

Por Mara Dern · 6 min de lectura

Tannat en cuatro terruños: Bolivia, los Valles Calchaquíes, Uruguay y Entre Ríos

Pocas cepas cuentan una historia tan enredada y tan sudamericana como el Tannat. Nacida en el suroeste de Francia, en las estribaciones de los Pirineos —cuna de los vinos de Madiran e Irouléguy—, esta variedad de piel gruesa y taninos poderosos cruzó el Atlántico en los baúles de inmigrantes vascos y franceses en el siglo XIX y encontró en el Río de la Plata un segundo hogar. Un siglo más tarde repitió la hazaña en la altura boliviana. Hoy, cuatro regiones la interpretan de maneras radicalmente distintas: Uruguay, que la convirtió en emblema nacional; Entre Ríos, su cuna sudamericana olvidada y hoy renacida; los Valles Calchaquíes de Salta, donde la altitud extrema la transforma; y Tarija, en Bolivia, la incorporación más reciente y una de las más elogiadas del mundo del vino actual.

El origen común: una cepa "difícil" que cruzó el océano

El Tannat debe su nombre a su altísimo contenido de taninos, lo que durante mucho tiempo la hizo fama de variedad ruda y poco dócil. En Francia se la vinifica tradicionalmente en Madiran, donde da vinos tánicos, oscuros y de gran capacidad de guarda. Fue esa misma rusticidad la que, paradójicamente, terminó siendo su pasaporte al éxito en América del Sur: en manos de inmigrantes vascos que buscaban replicar el estilo de Burdeos con lo que tenían a mano, el Tannat resultó sorprendentemente bien adaptado a climas y suelos muy distintos a los suyos.

Entre Ríos: la cuna sudamericana que la historia casi borra

Aunque hoy se asocia el Tannat casi automáticamente con Uruguay, la evidencia histórica apunta a que su primera gran expansión sudamericana ocurrió en la orilla argentina del río Uruguay, en Entre Ríos. Hacia 1860, el caudillo Justo José de Urquiza impulsó la llegada de colonos europeos a la región de Concordia y Colón, entre ellos inmigrantes vascos que trajeron sarmientos de distintas variedades francesas. Uno de ellos, Juan Jáuregui —apodado "el Lorda"—, plantó Tannat en Concordia hacia fines del siglo XIX. Según cuenta la tradición vitivinícola de la zona, fue el propio Jáuregui quien regaló sarmientos de esa cepa a su amigo Pascual Harriague, al otro lado del río, en Salto, dando origen a la gran epopeya uruguaya del Tannat.

Para 1890, Entre Ríos tenía más superficie de viñedos que Mendoza y San Juan. Pero la fiesta duró poco: la crisis del treinta y una ley nacional de 1935 que favoreció a las provincias cuyanas condenaron a la vitivinicultura entrerriana a una prohibición de facto que se extendió hasta 1993. Desde la liberalización legal y con más fuerza en los últimos años, bodegas entrerrianas están recuperando ese patrimonio, con vinos que empiezan a competir de igual a igual frente a los gigantes uruguayos y bolivianos.

El Tannat entrerriano se cultiva a muy baja altitud, prácticamente al nivel del río, en un clima subtropical húmedo con fuerte influencia fluvial. Esto produce vinos de perfil más rústico y untuoso, con mucho color y estructura tánica marcada, que las bodegas actuales trabajan activamente para "domar" mediante manejo de canopia, cosechas cuidadas y crianzas breves.

Uruguay: la cepa que se volvió bandera nacional

La historia de Pascual Harriague es, sin dudas, la más célebre del Tannat americano. Nacido en 1819 en Hasparren, país vasco francés, emigró a Uruguay a los diecinueve años y se instaló en Salto. Allí, en su establecimiento de La Caballada, plantó las primeras cepas de Tannat en la década de 1870, con la primera cosecha exitosa hacia 1876. Durante décadas, la variedad ni siquiera se llamó Tannat: se la conocía simplemente como "Harriague". El propio gobierno uruguayo le otorgó una medalla de oro en 1888 por su contribución a la industria del país.

El golpe de suerte histórico llegó con la filoxera: mientras la plaga arrasaba los viñedos europeos a fines del siglo XIX, algunas plantaciones uruguayas de Tannat sobrevivieron, lo que terminó de consolidar a la variedad como la identidad vitivinícola del país. Hoy Uruguay celebra el 14 de abril el Día del Tannat, y la cepa concentra la mayor superficie de viñedos tintos del país, sobre todo en Canelones y Montevideo. El clima atlántico, húmedo y templado, suaviza el carácter del Tannat: los vinos uruguayos suelen mostrarse más elegantes y frutales, con notas de mora y ciruela, taninos presentes pero pulidos.

Los Valles Calchaquíes: Tannat de altura extrema en Salta

En el noroeste argentino, las variedades francesas —incluido el Tannat— llegaron hacia 1886, cuando el coronel Wenceslao Plaza introdujo cepas galas desde Chile en su finca La Perseverancia, en Animaná. A diferencia de Uruguay y Entre Ríos, en Cafayate y el resto de los Valles Calchaquíes el Tannat nunca fue protagonista: ese rol lo ocupa el Torrontés, seguido por el Malbec. El Tannat funciona allí como varietal complementario.

Los viñedos de Cafayate se ubican entre 1.650 y 2.000 metros sobre el nivel del mar, con una amplitud térmica diaria de hasta 20 grados, cielos limpios y precipitaciones anuales por debajo de los 250 milímetros. Esta combinación genera hollejos más gruesos, mayor concentración de color y polifenoles, y una acidez natural muy marcada. El resultado son Tannats intensos, de color casi impenetrable, con aromas concentrados de fruta negra y especias.

Bolivia: la incorporación más reciente y la de mayor altitud

La historia boliviana del Tannat es, por lejos, la más joven de las cuatro. Comenzó recién en noviembre de 1999, cuando el ingeniero Milton Castellanos, fundador de Bodegas Aranjuez, junto al enólogo Iván Bluske, plantó la primera cepa en el Valle Central de Tarija. El punto de inflexión llegó en 2013, cuando un vino boliviano obtuvo la primera medalla Gran Oro para el país en el concurso "Tannat al Mundo", celebrado en Uruguay, superando a etiquetas del propio país cuna de la variedad. Hoy Bolivia cuenta con más de sesenta etiquetas de Tannat.

Lo que distingue al Tannat boliviano es, sobre todo, la altitud: sus viñedos se cultivan entre 1.900 y 2.095 metros sobre el nivel del mar, entre los más elevados del mundo para esta variedad. Esa altura excepcional suaviza la rusticidad tánica característica de la cepa, dando vinos con taninos más maduros y sedosos de lo esperable, buena acidez y color muy profundo.

Cuatro Tannats, cuatro personalidades

Puestos en una misma mesa, estos cuatro Tannats cuentan la historia de una cepa camaleónica. El de Entre Ríos es el más ligado al río y a la memoria recuperada, rústico y en plena reinvención. El de Uruguay es el más clásico y frutal. El de los Valles Calchaquíes es el más concentrado y solar. Y el de Bolivia es el más nuevo y, según muchos catadores, el que mejor logra domesticar los taninos originales de la variedad. Cuatro países, cuatro alturas, cuatro historias de inmigración y reinvención: el mismo linaje francés convertido, en cada rincón, en una expresión distinta de terruño.

Membresía No soy Sommelier

¿Te gustó? Mañana te llega otra historia.

Una historia por día, directo a tu mail. Es gratis y te das de baja con un clic.