Entre Ríos en siete preguntas · Etapa 1 de 7
20 de octubre
¿Por qué casi nadie conoce los vinos de Entre Ríos?

Por Mara Dern · 3 min de lectura

Cruzamos el puente Zárate-Brazo Largo con el auto de Sebas, un sedán gris que huele a mapa viejo. Abajo, el Paraná Guazú era una lámina de chocolate. Del otro lado, la Mesopotamia: pasto alto, garzas, un cielo enorme, sin una montaña que lo interrumpiera.
Íbamos a Colón. Llevábamos en el asiento de atrás una caja de vino entrerriano y una pregunta que me hizo una amiga la semana anterior, cuando le conté del viaje: «¿Vino de Entre Ríos? ¿Desde cuándo hay vino en Entre Ríos?».
—Desde siempre —dijo Sebas, sin sacar la vista de la ruta—. Lo raro es que hubo un tiempo en que no.
La respuesta corta
Casi nadie conoce los vinos de Entre Ríos porque durante sesenta años estuvo prácticamente prohibido hacerlos. No es que el vino fuera malo: lo sacaron del mapa.
Hacia fines de los años veinte, la provincia tenía más de cien bodegas y unas 2.500 hectáreas de viñedos. Era la cuarta región vitivinícola del país. Después vino la crisis del treinta, el vino sobraba y en 1934 la Ley 12.137 creó la Junta Reguladora de Vinos. Al año siguiente, un decreto ordenó erradicar los viñedos entrerrianos. Una ley posterior autorizó al Estado a comprar tierras con vid para reemplazar esos cultivos. La solución a la sobreproducción favoreció a algunos grandes productores de Cuyo y dejó a Entre Ríos sin uvas.
—¿Y cuándo volvieron?
—Recién con la desregulación de los noventa se pudo plantar de nuevo. El regreso de verdad empezó a mediados de los dos mil. Hoy hay unas ochenta hectáreas y un puñado de bodegas registradas. Mendoza tiene más viñedos en un solo departamento que Entre Ríos en toda la provincia.
O sea: no conocés los vinos de Entre Ríos porque casi no hay. Y lo poco que hay se vende cerca, o en tiendas chicas, no en la góndola del supermercado.
La parte incómoda
Llegamos a Colón con la tarde cayendo sobre el río Uruguay. Sebas abrió en la galería de la hostería una botella de Palo a Pique, un corte cofermentado de Marselan, Ancellotta y Petit Verdot de una bodega del Palmar de Colón. Un vino que venden nuestros amigos de rutadebarricas.com.
El vino era oscuro, casi violeta en el borde. Olía a algo balsámico, como hojas de eucalipto aplastadas con la mano, y en la boca era seco, firme, más fresco de lo que esperaba.
—No se parece a un Malbec —dije.
—No intenta parecerse. Y ahí está el otro problema de Entre Ríos, el que nadie dice: la humedad. Acá llueve mucho y el aire es pesado. Los hongos adoran las uvas. Por eso no se planta cualquier cosa ni de cualquier manera. Algunos usan la conducción en lira, que abre la planta en forma de V para que circule el aire. Y se eligen cepas que aguantan, como el Marselan, que resiste bastante bien a los hongos, o el Tannat, que según cuentan llegó con familias vasco-francesas en el siglo diecinueve.
—Entonces es más difícil hacer vino acá que en Mendoza.
—Bastante más. Y más caro. Pero el vino que sale no se parece a ningún otro, y eso a algunos les importa.
Entonces, ¿vale la pena conocerlos?
Depende de lo que busques. Si querés un Malbec frutado, redondo y fácil, que encontrás en cualquier esquina, el vino entrerriano probablemente no sea para vos, y está bien. Si te da curiosidad probar algo que estuvo sesenta años prohibido, hecho en poca cantidad por gente que eligió el camino difícil, sí.
—¿Vos qué le decís a mi amiga? —le pregunté a Sebas.
—Que pruebe una copa antes de comprar una caja. Que no le crea a nadie, ni a nosotros.
Me sirvió lo que quedaba en la botella. Él no se sirvió: al día siguiente le tocaba manejar temprano. Tampoco se fue a dormir. Nos quedamos mirando el río, que a esa hora ya no era marrón sino de un azul cansado, y pensé que hay cosas que uno no conoce porque son malas, y otras porque alguien decidió que no las conociéramos.