14 de septiembre
Marselan: la joven cepa francesa que ya tiene domicilio en Argentina

Por Mara Dern · 6 min de lectura

Hay variedades de vid que llevan siglos en la naturaleza y otras que nacieron, literalmente, en un laboratorio con nombre y apellido de investigador. El Marselan pertenece a este segundo grupo: una cepa "de diseño" que tardó treinta años en encontrar su lugar en el mundo y que hoy, de manera silenciosa pero constante, empieza a asomar en los viñedos argentinos, desde los cerros de Salta hasta las costas del litoral entrerriano.
Un cruce pensado en un escritorio, no en la naturaleza
A diferencia del Malbec o el Cabernet Sauvignon, que son el resultado de cruces espontáneos que la genética moderna terminó de descifrar siglos después, el Marselan nació con fecha, lugar y objetivo precisos. Corría 1961 cuando el ampelógrafo parisino Paul Truel, investigador del INRA (el Instituto Nacional de Investigación Agronómica de Francia), decidió cruzar dos variedades de personalidades bien distintas: el Cabernet Sauvignon, potente, tánico y estructurado, y la Garnacha (Grenache), generosa, frutal y resistente a los climas cálidos.
El objetivo del programa de mejoramiento genético en el que trabajaba Truel no era artístico sino práctico: crear una variedad de alto rendimiento, bayas grandes y mayor tolerancia a enfermedades y plagas, en un contexto donde Francia buscaba variedades más rústicas para sus zonas de vino de mesa. El experimento se realizó cerca de la localidad de Marseillan, en el Languedoc-Rosellón, justo donde esta región se encuentra con el Mediterráneo. De ahí el nombre: Marselan, en homenaje al pueblo que vio nacer la cruza.
El "fracaso" que se convirtió en revelación
Aquí viene la primera anécdota interesante de esta cepa: nació para el fracaso. El objetivo original —bayas grandes para uva de mesa o alto rendimiento— no se cumplió. Los racimos resultaron compactos, pero las bayas eran pequeñas, casi diminutas, algo que en ese momento se consideraba un defecto porque reducía el volumen de cosecha. El estudio quedó archivado durante casi tres décadas, una verdadera "cepa cajón" durmiendo en los registros del INRA.
La ironía es que ese mismo "defecto" —bayas chicas con mucha piel en relación a la pulpa— es hoy exactamente lo que los enólogos buscan para lograr vinos con color profundo, buena concentración de taninos y compuestos polifenólicos. Lo que en 1961 se vio como una debilidad comercial, en la década de 1990 se transformó en una virtud enológica. El Marselan fue rescatado, revisado y finalmente inscripto en el registro oficial de variedades de Francia en 1990, aunque en un primer momento solo se autorizó para vinos de la categoría IGP. Recién en 2011 hizo su primera aparición permitida en denominaciones de origen (AOC), pudiendo sumarse en pequeños porcentajes a blends de zonas tan prestigiosas como Côtes-du-Rhône o Burdeos.
Características de la cepa y del vino
En el viñedo, el Marselan es una planta de vigor moderado, porte semierguido y sarmientos relativamente largos. Sus racimos son de tamaño pequeño a mediano, cilindro-cónicos, con bayas pequeñas, redondeadas, de color negro violáceo y piel gruesa cubierta de pruina. Esa piel gruesa y los racimos poco compactos son justamente los que le otorgan buena tolerancia natural frente al oídio, los ácaros y la podredumbre gris, algo especialmente valioso en climas húmedos. Es una variedad, eso sí, sensible al estrés hídrico: prefiere suelos frescos y profundos, o riego complementario cuando el clima aprieta.
En la copa, el Marselan hereda lo mejor de sus dos "padres". De la Garnacha toma la generosidad frutal y la adaptación a climas cálidos y secos; del Cabernet Sauvignon, la estructura, el color y cierta acidez que le da columna vertebral. El resultado son vinos de color intenso, casi impenetrable, con aromas a frutos rojos y negros frescos —cereza, grosella, mora—, notas de cacao, especias, pimienta, regaliz y, en algunos casos, un sutil toque floral. En boca son vinos de cuerpo medio a alto, con taninos presentes pero suaves y redondeados, acidez moderada y un interesante potencial de guarda gracias a su riqueza polifenólica.
Un dato curioso para los amantes del maridaje: su cáscara dura y su comportamiento durante la fermentación hacen que los hollejos se mantengan más enteros que en otras variedades, lo que facilita el manejo de la extracción en bodega y explica por qué muchos enólogos la describen como una uva "agradecida" para trabajar.
De Francia al mundo: la gran difusión silenciosa
Durante sus primeras décadas de vida oficial, el Marselan permaneció casi exclusivamente en el sur de Francia, en el Languedoc-Rosellón, donde los viticultores lo usaban para diversificar sus vinos de la tierra. Pero su capacidad de adaptación a climas cálidos, sumada al avance del cambio climático, le abrió las puertas del mundo.
Hoy se cultiva en España, en Uruguay (donde bodegas como Juanicó, Garzón o Antigua Bodega Stagnari ya la trabajan), en Brasil, en Estados Unidos y, de manera notable, en China. Allí el Marselan encontró un admirador inesperado: su resistencia a enfermedades fúngicas, ideal para el clima húmedo de provincias como Shandong, la convirtió en una de las variedades tintas de mayor proyección del gigante asiático.
Marselan en Argentina: un experimento que crece de norte a sur
En nuestro país, el Marselan todavía es una variedad de nicho, casi una rareza para curiosos, pero su presencia se expande de forma llamativa por la diversidad geográfica en la que aparece. Y ahí está quizás lo más interesante de su historia argentina: no se concentra en una sola región, sino que asoma en enclaves muy distintos entre sí.
En Mendoza, algunas bodegas ya experimentan con el Marselan como alternativa varietal o como componente de blends, aprovechando la amplitud térmica y los suelos de zonas como el Valle de Uco. En Salta, con sus viñedos de altura entre los más elevados del planeta, la variedad encuentra un terroir de fuerte insolación y grandes diferencias térmicas entre el día y la noche, condiciones que suelen favorecer vinos de color profundo y aromas intensos.
Pero la historia más singular es la de Entre Ríos. La provincia litoraleña, que supo tener una tradición vitivinícola hace más de un siglo, encontró en el Marselan a una aliada inesperada para relanzar su identidad vitícola. El clima entrerriano, húmedo y con viñedos expuestos a enfermedades fúngicas, es un desafío para muchas variedades clásicas; sin embargo, la resistencia natural del Marselan a estos problemas la convirtió en una carta interesante dentro de un plan de fomento cultural y turístico. Bodegas boutique de la costa del río Uruguay ya suman al Marselan junto al cabernet franc y el Tannat en sus etiquetas.
Una cepa para seguir de cerca
El Marselan es, en definitiva, el ejemplo perfecto de cómo la ciencia y la paciencia pueden reescribir el destino de una variedad. Nacida para un objetivo que nunca cumplió, rescatada del olvido treinta años después y hoy repartida entre el sur de Francia, los viñedos en expansión de China y los rincones más diversos de la geografía argentina, desde los cerros salteños hasta las costas entrerrianas. Si todavía no probaste un Marselan, esta es una buena excusa: es una cepa que promete color, estructura y, sobre todo, una historia que vale la pena contar en cada copa.